lunes, 23 de noviembre de 2009

Microrrelato (basado en un hecho real)


Sara corta nabos para cuando las demás prisioneras regresen de la fábrica y ansíen la sopa.

Lotte escupe hastiada por la ventana. Sus dedos juegan con el seguro de la pistola. La luna se refleja en la calavera plateada de su gorra.

Sara sueña con morir mientras corta los nabos. A veces se imagina la belleza de Dresde extendiéndose al otro lado de la ventana.

De pronto la noche se tiñe de un rojo radiante. Huele a azufre. El barracón se estremece con cada bomba. Sara rebana los nabos con pulso firme, pero Lotte tiembla.

-¿Moriremos? –le pregunta con un hilo de voz.

Sara le sonríe por primera vez.

Dresde tras el bombardeo

lunes, 9 de noviembre de 2009

Historia y memoria (II)


La semana pasada les hablé de un tema que me parece cada vez más fascinante: el pulso que mantienen entre sí la historia y la memoria. Un tema especialmente delicado en la historia contemporánea, que todavía cuenta con testimonios vivos que, a veces, se resisten a aceptar la evidencia de las fuentes. El caso de los ataques en vuelo rasante de Dresde es sin duda uno de esos casos en los que la historia vence sobre el testimonio. Pero entonces, ¿debemos atribuir a los testimonios orales de las víctimas sólo "un valor subordinado", como propugnan historiadores como Elke Fröhlich? De ser así, ¿qué crédito cabe darle a los miles de testimonios de los campos de concentración? Dado que la abundancia de testigos es uno de los pilares contra la negación del Holocausto, cuestionar el relato de las víctimas ¿no implica ceder terreno al negacionismo?

Decoración en el techo de la sinagoga de BorgholzEn dicho post les hablaba del caso de mi madre, que recuerda haber visto a los cuatro años la sinagoga de su pueblo, Borgholz, en llamas. Dado que los ataques durante la Noche de los cristales rotos del 9 de noviembre no se iniciaron hasta pasadas las diez, pues Goebbels dirigió a las diez en punto su discurso antisemita a los líderes reunidos de las SA, cabía deducir que también la sinagoga de su pueblo, Borgholz, habría ardido tarde esa noche, haciendo improbable que ella, siendo tan pequeña, fuera testigo del suceso. Asimismo, el efectismo propagandístico de las llamas --cabe recordar aquí el gran papel simbólico del fuego dentro de la cosmovisión nazi-- justifica plenamente que se esperara a la noche para incendiarlas. Eso, junto a la corta edad de mi madre, invita a pensar que su memoria podría haber asumido sin querer como propia alguna de las numerosas imágenes de sinagogas en llamas que han difundido desde entonces documentales y películas. Quizá estas imágenes se habían sumado a algo que sí pudo haber impactado en su retina al día siguiente, como los restos calcinados de la sinagoga ya apagada.

Los análisis de Harald Welzer, entre otros, demuestran que se trata de un mecanismo típico de fijación de los recuerdos: la mente tiende a generar automáticamente una relaciones causa-efecto y, si falta alguno de los elementos necesarios para que ésta se produzca, suple su carencia extrayendo datos que encajen a partir de otros materiales que a menudo son de tipo visual (películas, documentales o fotografías). Es decir, si hay una sinagoga calcinada, antes tuvo que haber un fuego. Si no hubo una vivencia personal y recordable de ese fuego, la memoria genera inconscientemente un sustitutivo idóneo a partir, por ejemplo, de una película. El resultado es un recuerdo muy vívido y hasta cierto modo verdadero, aunque sólo a medias: pensemos, por ejemplo, en el caso de la prueba del salto de trampolín en las Napola. (O el interesante caso del bombardeo "vivido" por Oliver Sacks que me da a conocer Xose Antonio López Silva en su comentario a mi post anterior).

Por supuesto, estos procesos neurológicos naturales actúan con eficacia aún mayor si, además, hay de por medio sentimientos de culpa o deseos de negar una realidad desagradable, como suele suceder en situaciones históricas en las que se da una dialéctica entre perpetradores y víctimas. Uno de los casos más interesantes queda reflejado en el libro Opa war kein Nazi, una obra colectiva que ya se considera clásica. En ella se analizan los resultados de toda una serie de entrevistas efectuadas hace diez años a testigos alemanes del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, pero --y en ello reside la novedad-- también a los hijos y nietos que ya no vivi'Opa war kein Nazi', de Harald Welzer, Sabine Moller y Karoline Tschuggnalleron el conflicto. El objetivo era ver de qué modo se perpetúan determinados relatos particulares en la historia familiar y cuál es la relación que esta memoria privada mantiene con la historia oficial. El resultado queda idóneamente reflejado en el título: El abuelo no era un nazi. De hecho, según la memoria familiar alemana, ningún abuelo fue nunca un nazi. "Mi padre tuvo que militar en el Partido Nazi por motivos relacionados con su negocio, pero no era un nazi". "Mi tío entró en las SA y años después los nazis lo obligaron a...". Los nazis, por tanto, no serían los afiliados al Partido, ni tampoco los militantes en las SA o las SS, siempre y cuando estos fueran de la familia. Son siempre los otros. En algunos casos incluso se da la paradoja de que la generación que participó en el conflicto se manifiesta mucho más dura consigo misma y con su implicación que las generaciones venideras --incluída, curiosamente, la del mayo del 68--, en la medida en que éstas, aun con todo su repudio al nazismo, en la práctica exoneran de toda responsabilidad a sus padres y abuelos. Un caso curioso de cómo actúa la memoria cuando interviene el amor filial.

BorgholzSinagoga de BorgholzPero volvamos a Borgholz y a su sinagoga: Esta semana mi madre volvió a insistir en la vericidad de su recuerdo. Así pues, entre las dos buscamos datos recopilados por un historiador local, Horst-D. Krus. Resultó que en Borgholz la quema de la sinagoga --para ser exactos, la quema del mobiliario, de la Torah y de todos los útiles que había en su interior, ya que el edificio propiamente dicho estaba demasiado cerca de los hogares arios-- tuvo lugar, excepcionalmente, a plena luz del día. Mi madre, pues, tenía razón con su recuerdo. Esta vez es la memoria la que ha salido victoriosa y me ha permitido, aquí, rectificar y darle un tirón de orejas a la historia... y, ya puestos, también a mí por mi excesivo escepticismo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Historia y memoria (I)

Dresde tras el bombardeoDresde, noche del 13 de febrero de 1945. Los habitantes de la ciudad que está siendo arrasada por las bombas huyen masivamente hacia los espacios abiertos de los valles del Elba: mujeres, niños, ancianos, enfermeras, incluso prisioneros de guerra británicos que casualmente se hallaban en la ciudad. Junto al río, bajo la noche iluminada por los reflejos de la ciudad en llamas, esperan estar a salvo. Pero entonces un nuevo peligro surge de la oscuridad: Tras haberse liberado de su mortífero lastre, bombarderos británicos se avalanzan en vuelo rasante sobre los refugiados en el valle, disparando sus ametralladoras y matando cobardemente a 10.000 civiles. Decenas de testimonios de aquel infausto bombardeo juran haber sufrido o haber sido testigo de uno de estos ataques.

Y sin embargo, todos estos testimonios se equivocan. Les tranquilizará saber que la terrible historia que acabo de relatarles nunca sucedió: Los ataques en vuelo rasante con ametralladora que se produjeron por aquellas fechas tuvieron lugar a muchos kilómetros de distancia de Dresde. Las turbulencias generadas por el fuego que asolaba la ciudad aquella noche habrían condenado a cualquier avión en vuelo rasante a lanzarse de lleno contra la columna de llamas. Excavaciones realizadas en 2007 no hallaron ni rastro de las miles de balas que un ataque con tantos miles de víctimas habría dejado forzosamente en el valle del Elba. No existe ningún documento militar aliado que haya registrado estos ataques. Tampoco los nazis tomaron cuenta de ellos ni los emplearon como bienvenido argumento en su propaganda contra el enemigo. De hecho, los primeros testimonios no empezaron a hacerse públicos hasta los años cincuenta. El historiador alemán Helmut Schnatz --él mismo un testigo del bombardeo de Dresde durante su infancia-- ha dedicado a este tema un libro rigurosamente documentado. Pero cuando expuso su punto de vista en una conferencia, causó una auténtica conmoción entre algunos de los ancianos de Dresde presentes en el acto.

Lamentablemente, los ataques en vuelo rasante a civiles por parte de los Aliados se produjeron ocasionalmente durante la guerra, pero nunca con semejante cifra de muertos y no, en definitiva, durante el bombardeo de Dresde. Son una leyenda. Pero entonces, ¿mienten quienes han hablado con horror de estos ataques en entrevistas o en sus memorias? Probablemente no, pero entonces, ¿cómo pudieron ver algo que es imposible?

Ahora que ya no falta mucho para que mueran los últimos testigos, el tema de la memoria y de cómo recordamos acontecimientos históricos está recibiendo una gran atención por parte de la historiografía alemana, un tema al que Harald Welzer y Aleida Assmann han dedicado algunos libros ya clásicos. Posiblemente las víctimas del bombardeo confundieran con aviones aliados a los pocos cazas alemanes que, tras haber tratado en vano de defender la ciudad, huían de las ametralladoras de los Mustang americanos volando a baja altura sobre el Elba. También debieron de oír, magnificados y publicitados por la propaganda nazi, relatos de ataques aliados de este tipo que sí tuvieron lugar, pero en lugares y momentos muy distintos. Lo demás se debe a complejos mecanismos de condensación de la memoria observados en personas sometidas a un trauma o un estrés intenso.

Es bien sabido que la memoria es traicionera. De pequeña, yo misma pasé mucho tiempo convencida de que el taller que se veía desde el patio de mi casa en Barcelona era un establo de cebras, pues había visto una paseándose por su tejado de uralita. Ya casi adolescente, fue sólo el sentido común lo que me instó a desechar este recuerdo, pero no su pregnancia: aún hoy sigo viendo a esa cebra nítidamente en mi memoria, y de pequeña habría estado dispuesta a declarar en un juicio sobre su existencia. Los problemas surgen cuando estos lapsus de memoria se vinculan a los acontecimientos históricos. Mi madre afirma haber visto en su infancia cómo ardía la sinagoga de su pueblo, Borgholz, durante la infausta Noche de los cristales rotos y cómo lanzaban por la ventana las plumas de las colchas de los vecinos judíos, una escena que aún hoy es capaz de describir con toda claridad.
Sinagoga restaurada de BorgholzSin embargo, por entonces sólo tenía cuatro años, y ella misma admite que es muy improbable que le permitieran salir de la cama y cruzar la calle en una noche revuelta para asistir a un espectáculo tan repulsivo. ¿Qué sucede con la realidad cuando incluso nuestros recuerdos más intensos mantienen un pulso con ella?

Hace un par de años un anciano familiar al que había cursado una visita de cortesía en Alemania me preguntó por el libro que estaba leyendo. Era --¿a quién le sorprende?-- un libro reciente sobre historia del nazismo. Visiblemente enojado, me preguntó: "¿No será otra vez uno de esos libros escrito por alguien que no tiene ni idea de lo que pasó porque no ha estado allí?". Ya lo ven: al menos a sus ojos la memoria es vencedora absoluta sobre la historia. (Y en consecuencia yo debería dedicarme a otra cosa, aunque eso no tuvo el valor de decírmelo).