sábado, 26 de diciembre de 2009

Sobre el significado de Arbeit macht frei


Estos días la cínica inscripción de hierro del portal de Auschwitz, testigo del paso de miles y miles de víctimas del Holocausto, ha estado de actualidad. Pocos objetos representan como éste el valor incalculable que unos trozos de hierro viejo pueden adquirir cuando constituyen un símbolo. Únicamente esa dimensión simbólica, profundamente sentida, los hace codiciables y susceptibles de ser robados. Como trasfondo hallamos una obsesión fetichista por la autenticidad que parece agudizarse todavía más en una época en la que prácticamente todo es falsificable, reproducible y virtual.

El cartel de Arbeit macht frei (literalmente 'el trabajo hace libre') es la más pequeña de las muñecas rusas del simbolismo de todo un siglo. Arbeit macht frei constituye la insignia simbólica del campo de exterminio de Auschwitz; Auschwitz, por otro lado, es el lugar simbólico por excelencia del Holocausto; y el Holocausto, a su vez, se ha convertido en el símbolo absoluto del mal y en el representante ideológico de nuestro malogrado siglo XX. Ése es el peso que los tres jóvenes rateros han llevado tranquilamente sobre sus espaldas durante unos pocos días, hasta que, troceada y reducida a su humilde categoría original de hierro viejo, la ajada leyenda ha sido felizmente recuperada.

Sin embargo, no fue Auschwitz el único campo que ostentó esta leyenda, como demuestran las siguientes fotografías de los campos de Sachsenhausen, Dachau y, de un modo más modesto, Theresienstadt.

Sachsenhausen
Dachau









TheresienstadtTan sólo Buchenwald se diferencia de los demás campos por su sentencia en el portal: Jedem das Seine ('A cada uno lo suyo'):

BuchenwaldTodas estas incripciones comparten la circunstancia de que se ciernen sobre la puerta de entrada del campo, justo en la línea divisoria entre la normalidad y un microcosmos tan terrible como absurdo en el que ninguna de las normas éticas y sociales del exterior resulta aplicable.

Se ha discutido mucho sobre el sentido de estas palabras, 'el trabajo hace libre', en los campos nazis. El letrero se creó en 1940 para la entrada del primero de los diversos Lager que constituyen Auschwitz --Auschwitz I-- que estaba destinado sobre todo a albergar a los disidentes polacos. (Los judíos y los gitanos serían exterminados más adelante en el segundo campo, Auschwitz II Birkenau). En un artículo de 1959, Primo Levi considera que la frase encierra una metáfora del futuro Nuevo Orden nazi y resume del siguiente modo su sentido:

El trabajo es humillación y sufrimiento, por lo que no encaja con nosotros, el Herrenvolk, el pueblo de dominadores y héroes, sino para vosotros, enemigos del Tercer Reich. La única libertad que os espera es la muerte.
Sin embargo, esta interpretación entra en colisión con la gran importancia ideológica que el nazismo otorgaba al trabajo. Fueron trabajadores alemanes --organizados en el llamado Frente de Trabajo del Reich-- los que construyeron las celebérrimas autopistas y recibieron toda clase de honores públicos. En El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, por ejemplo, desfilan con orgullo llevando simbólicamente una gran pala al hombro en lugar del fusil:


En la entrada de los campos de trabajo para los alemanes arios del Reich figuraba la leyenda Arbeit adelt ('El trabajo ennoblece'). Y en las proclamas oficiales se considera el trabajo uno de los principales medios de educación y formación de la juventud alemana.


No es en el desprecio del trabajo, por tanto, donde cabe buscar el cinismo de la inscripción nazi. De cara a la opinión pública, los campos de concentración tenían como objetivo reformar a los prisioneros y habituarlos a constituir un eslabón útil en la sociedad alemana, y para ello iba a emplarse el trabajo --forzado, claro está-- como instrumento principal de dignificación. Desde este punto de vista, las inscripciones en los portales de los campos, visibles para cualquiera que se aproximara desde el exterior, tendrían una función propagandística y no habría que entenderlas de forma irónica, sino literal: una vez el prisionero hubiera trabajado lo suficiente para reformarse, alcanzaría la libertad. Una idea tranquilizadora.

Por supuesto, nada de todo eso sucedía en realidad. Muy pocos prisioneros fueron liberados de los campos, y el trabajo que supuestamente debía constituir su pasaporte para el exterior era a menudo la causa de su muerte. Aun así, sólo los presos que lograban pasar la selección inicial y eran considerados aptos para el trabajo tenían alguna posibilidad de sobrevivir al menos unos meses más.

El biógrafo de Himmler Peter Padfield aún establece dos lecturas más de la célebre frase, ninguna de ellas irónica, una destinada a los prisioneros y otra a los guardianes del campo: Si Hitler había manifestado que la doctrina nacionalsocialista "no es una doctrina de felicidad y buena suerte, sino de trabajo, de autosuperación y de sacrificio", la frase Arbeit macht frei indicaba a los prisioneros que estaban obligados a trabajar y a morir como único modo para redimirse de su cualidad de infrahombres y para liberar al Reich del infausto peso de su presencia.

En cuanto a los guardianes del campo, la frase les recordaba que su trabajo de aniquilación de los infrahombres era necesario para curar las heridas que éstos causaban a la comunidad del pueblo, un trabajo tan meritorio que al ejercerlo quedaban automáticamente liberados de toda culpa.

En definitiva, la misma frase tendría un sentido propagandístico para los alemanes libres, otro de perversa redención metafísica para los prisioneros y uno de autoexculpación para los guardianes. Una tríada de significados que encajan entre sí con inquietante perfección.

El cerrajero polaco Jan Liwacz, uno de los prisioneros encargados de forjar el arco que lleva la leyenda, afirmó en 1965 que la "b" de "Arbeit" había sido invertida expresamente, como discreto signo de protesta. No se sabe si las SS cayeron en la cuenta, ni tampoco si esa "b" invertida tuvo alguna importancia simbólica como signo de resistencia para los prisioneros durante su reclusión. También podría haber sido un simple error. En cualquier caso, la presencia de esta imperfección, premeditada o no, incorpora una anomalía consoladora en la calculada y perversa polisemia de la frase. La "b" invertida de Auschwitz muestra la humana belleza de la imperfección: la ruptura simbólica con la eficacia rigurosa de una fábrica de muerte.

Detalle letrero de Auschwitz con B invertida

sábado, 12 de diciembre de 2009

Sir Samuel Hoare y las cerillas

A finales de junio de 1941, las relaciones diplomáticas entre España e Inglaterra vivieron unos días especialmente difíciles. Hitler acababa de entrar en guerra con el mayor enemigo ideológico de Franco, la Unión Soviética, y eso situaba a los ingleses, hasta entonces los únicos contendientes activos contra Hitler, en la incómoda posición de ser aliados de los "Rojos".

Serrano Suñer decidió aprovechar la tensión del momento para organizar un asalto a la embajada británica en Madrid y quiso hacerlo de un modo similar al que habían empleado los nazis en el progromo de la Noche de los cristales rotos: organizar la acción desde arriba, pero procurando dar la sensación de que todo había sido el producto espontáneo de la ira del pueblo. En la mañana del 24 de junio pronunció un vehemente discurso en plena calle ante la sede de la Falange. Después el pueblo airado se dispersó espontáneamente en dirección a la calle Fernando El Santo, donde se ubicaba la embajada. Casualmente en ese lugar alguien había dispuesto ya un carro cargado de adoquines, y casualmente también recorrían la zona varios coches alemanes con ocupantes bien provistos de cámaras. Del mismo modo que durante la Noche de los cristales rotos se avisó a los bomberos, pero éstos se limitaron (con algunas honrosas excepciones) a contemplar el incendio de las sinagogas y a proteger únicamente los edificios arios que hubiera cerca, también en Madrid se dio aviso a la policía, pero ésta se retiró enseguida con la excusa de que la manifestación había sido disuelta por la Falange, sin quedarse a ver qué sucedía con el pueblo airado que a todas luces continuaba allí.
Sir Samuel Hoare
No era la primera vez que en Madrid las autoridades organizaban una manifestación supuestamente espontánea frente a la embajada británica. Se cuenta que en una ocasión anterior, con una muchedumbre aparentemente propensa a la violencia en las puertas del edificio, el embajador británico en Madrid Sir Samuel Hoare recibió la llamada de cortesía del gobernador civil preguntándole si quería que le enviara más policías, a lo que el embajador respondió: "No nos envíe más policías, mejor envíenos menos manifestantes".

Pero esta vez la ocasión era sonada y exigía una acción de mayor efecto. Ya se sabe, no hay celebración nazi que se precie sin que aparezcan llamas de algún tipo, ya sean desfiles de antorchas, quemas de libros o sinagogas incendiadas. Quizá por eso uno de los objetivos de Serrano Súñer, emulando a sus admirados alemanes y con el apoyo de la Gestapo, era que la turba prendiera fuego espontáneamente a los coches con matrícula inglesa que se encontraban frente a la embajada. Seguro que la imagen de los coches en llamas causaría un efecto especialmente llamativo al día siguiente en los periódicos.


Probablemente todo habría salido según lo previsto si no fuera porque la acción no estaba aconteciendo en Alemania, sino en España. Sir Samuel Hoare, en cuyas memorias he dado con esta historia, atribuye su fracaso al "carácter olvidadizo" de los españoles que esta vez habría contrariado "la eficacia y organización germánicas": El caso es que los ingredientes fundamentales, los coches y la turba, estaban allí según lo previso, pero nadie había pensado en las cerillas.


En 1941, España era un país paupérrimo y resulta que las cerillas, un objeto fundamental de la vida cotidiana, escaseaban. O bien ninguno de los componentes de la airada turba llevaba fósforos consigo --algo más bien improbable-- o, de llevarlos, tuvo suficiente sentido del pragmatismo para no estar dispuesto a sacrificarlos por un acto de propaganda muy vistoso, pero completamente inútil. Así pues, los coches de los ingleses acusaron el impacto de varios adoquines, pero por lo demás se salvaron de la simbólica quema. Los periodistas alemanes registraron las manifestaciones con todo detalle para poder mostrarlas en los noticiarios, pero se quedaron sin vistosas llamas que filmar.

Seguro que en Alemania esto no habría pasado.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Werner Barasch, un fugitivo judío en un campo español


Descubrí a Werner Barasch en un archivo gerundense. Entre los cientos y cientos de páginas que iban pasando por mis manos, escritas a máquina y con sintaxis prolija y burocrática, me llamó la atención la siguiente carta (pueden leerla si hacen clic en la foto):



Ya lo ven: manuscrita y sobre una cuartilla cuadriculada de papel barato. Data de 1941 y procede de la Prisión de Figueras. Me sobresaltó ver entre los papeles de los refugiados extranjeros encarcelados en la España franquista la caligrafía de alguien tan joven. Al principio lo tomé por un niño, pero ya había cumplido los 21 años.

A pesar de lo que sugiere su letra infantil, la vida había obligado a su autor, Werner Barasch, a madurar de golpe. El muchacho procedía de una reputada familia judía de Berlín. Antes de la Primera Guerra Mundial, su padre, Arthur Barasch, había introducido en Alemania el sistema de los grandes almacenes. También era un gran mecenas de las artes que organizaba exposiciones en su gran comercio de Breslavia, en Polonia. Le procuró a su hijo una educación exquisita y solía espolearlo diciéndole: "Sólo los mejores resultados están a tu altura".

Pero en la educación acabó entrometiéndose la historia y Arthur Barasch moriría prematuramente al lanzarse contra la alambrada eléctrica del campo de concentración de Sachsenhausen. Su parte de defunción informó cínicamente de que había sido "incinerado a cargo del Estado". Su hijo lo averiguó cuando, tras un desesperado periplo por Europa, ya había recalado en España, prisionero en el campo de concentración de Miranda de Ebro por ser "apátrida" y estar en edad militar. Tras saber de la muerte de su padre decidió sobrevivir a toda costa para no defraudarlo.

El joven y menudo Werner Barasch, acosado por el nazismo y todavía atrapado en la ratonera europea, se había convertido en un verdadero artista de la evasión, en un Houdini templado por la historia. Había logrado huir de seis prisiones y campos de concentración, entre ellos el de Ruchard y Werner Baraschel de Argèles. Fueron las cárceles y los campos españoles los primeros que se le resistieron. En Miranda de Ebro trató de escapar agarrado a los bajos de un camión, pero no pudo soportar la quemadura que el tubo de escape le produjo en la rodilla. Los guardias gritaron "Me cago en su madre, ¡hay alguien escondido debajo del camión!". Barasch evitó los disparos que solían cortar por lo sano los intentos de fuga en Miranda al sorprenderlos con un torrente de palabras en español fluido. A diferencia de los demás prisioneros extranjeros, reacios a hablar en la lengua de sus opresores, Barasch había aprendido castellano unos meses antes al leer el Quijote en la Prisión de Figueras gracias a un pequeño diccionario francés-español que le había comprado a un preso a cambio de su ración de pan. Fue también este español tan precariamente aprendido el que le había permitido escribir, aunque en vano, la carta reproducida al principio.

Éste y otros acontecimientos de sus peripecias por Europa llevaron a Werner Barasch a plantear varios principios fundamentales para la supervivencia que, entre otras cosas, detalla en sus memorias:

- Si te enfrentas a una fuerza superior a ti, negocia o retírate. No trates de mostrar un orgullo innecesario.
- Reprime tus emociones. Procura analizar racionalmente tu situación.
- No te sientas víctima. Intenta tomar todo lo que te pasa como un desafío.
- Aprende la lengua de tu enemigo.

Cuando logré contactar telefónicamente con él, ya nonagenario, en su casa de Saratoga, me habló de estas memorias, que había escrito en inglés y alemán en una versión autoeditada que pasó bastante desapercibida. Logré persuadir a la editorial Alba para que las publicara en castellano con la calidad que merecen. Aparecieron en 2003 bajo el título Fugitivo. Apuntes autobiográficos (1938-1946). No hace falta que les diga que se las recomiendo encarecidamente.

A pesar de su delicado estado de salud, Werner Barasch se empeñó en cruzar el océano y venir a Barcelona para la presentación de su libro. Estaba tan débil que apareció acompañado de un empleado del aeropuerto que lo conducía en una silla de ruedas. Vivió el día de la presentación --para la que se había puesto, excepcionalmente, una corbata-- con visible excitación y nerviosismo. Con su aguda inteligencia, su mirada despierta y su menuda figura, cautivó al auditorio, lamentablemente escaso, explicando el rico anecdotario de sus múltiples huidas. Al día siguiente le brillaron los ojos como a un niño cuando vio por primera vez un libro suyo apilado en la mesa de novedades de una librería.
Werner Barasch
Iba a ser el último viaje de Werner Barasch, y él lo sabía. Había tomado el regreso a Europa como su nuevo y último desafío. Su empeño le permitió hacer las paces con una España que había marcado traumáticamente su juventud al tratarlo cruelmente y encarcelarlo sin motivo. Apenas dos semanas después, la muerte visitó a este superviviente nato en su solitaria casa de Saratoga, probablemente anticipada por un viaje que había superado lo poco que todavía toleraban sus fuerzas. Todo apunta a que murió contento.