lunes, 14 de junio de 2010

Fútbol, guerra y antisemitismo


Nos hallamos en pleno Mundial de fútbol. Desde la bajada de precio de las pantallas planas que caben en cualquier rincón, ya no queda bar ni café en el que estemos a salvo de la dichosa pelota y sus ruidosas consecuencias. Aprovecho la frustración para hablarles un poco de este deporte en mi clave habitual.

Se ha dicho a menudo que el fútbol actúa como válvula de escape para canalizar la agresividad contenida. También que viene a ser un sucedáneo de la guerra en el que podemos combatir simbólicamente en nombre de unos sentimientos nacionalistas más o menos soterrados o, como en el caso de Alemania, políticamente incorrectos desde 1945. Visto así, en estos momentos nos hallaríamos en plena guerra mundial, aunque sólo sea a un nivel simbólico.


Desde luego, un paseo por las calles de la ciudad a la hora del fútbol se parece sospechosamente a un estado de excepción. Ya sólo falta escuchar las sirenas y oír caer las bombas (que afortunadamente resultan ser sólo cohetes y petardos).

Me dirán que exagero y seguro que tienen razón. Pero ¿sabían que antes de la guerra los clubes de fútbol no sólo tenían las vinculaciones nacionalistas de siempre, sino a veces también étnicas? El Arsenal era el club de los irlandeses, del mismo modo que el Tottenham Hotspur de Londres, que se autodenomina the Yid Army, se vincula al judaísmo.

Pero aún más interesante en este sentido es el Ajax de Amsterdam. Aunque oficialmente no lo sea, hace décadas que el Ajax es considerado un club judío tanto por sus defensores como por sus detractores. Muchos fans del club llevan tatuada una estrella de David o agitan en el campo una bandera de Israel, aunque sean gentiles y hayan nacido en Holanda.

Fans holandeses del Ajax con bandera de IsraelJaap van Praag
Esta inesperada vinculación se debe en parte a que el estadio del Ajax se hallaba antes de la guerra en la proximidad de un gran barrio judío. Además, el Ajax tuvo en el trascurso de su historia a varios jugadores judíos, algunos incluso supervivientes del Holocausto, como Jaap van Praag, lo que les valió la afición de muchos judíos europeos después de la guerra.

En el ambiente notoriamente agresivo de la afición futbolística holandesa, se pueden imaginar ahora qué clase de pulsiones se despiertan en el campo cuando el Ajax juega contra sus rivales. La frase "¡Hamás, Hamás, judíos al gas!" resuena con tanto entusiasmo en las gradas como el zumbido "zzzssshhhhh" que pretende imitar el infausto sonido del gas saliendo de las cabezas de ducha de las cámaras de exterminio. Un auténtico problema para la Federación y la presidencia del club, que hace tiempo que están intentando despojar al Ajax de su espuria y simbólica identidad judía a fin de evitar estos embarazosos exabruptos antisemitas.

Pero no piensen que eso convierte a los aficionados del Ajax en corderitos: Cuando juegan contra el Feyenoord de Rotterdam, no tienen reparos en celebrar el atroz bombardeo nazi de esta ciudad cantando "¡Bombas sobre Rotterdam!".

Rotterdam en 1940
Por si no lo hubieran adivinado ya, no soy aficionada al fútbol.


viernes, 4 de junio de 2010

Las premoniciones de Winckelmann

¿Se acuerdan de Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), el historiador del arte alemán que con su célebre precepto de la "noble simplicidad y serena grandeza" daría origen a la pasión germánica por el ideal griego?

Winckelmann retratado por Rafael Mengs
Aunque su influencia para las artes y las letras alemanas difícilmente puede exagerarse, Winckelmann pasó los trece años más productivos de su vida en Roma, lejos de su patria. Pero como su celebridad crecía por momentos y los alemanes reclamaban su visita, tras interminables vacilaciones decidió un día ponerse en camino. En abril de 1768, plagado por oscuros presentimientos, dejó Roma en compañía del escultor Cavaceppi y, pasando por Loretto, Bolonia, Venecia y Verona, llegó sano y salvo a la frontera natural de los Alpes tiroleses. Pero una vez allí, ante la contemplación del imponente paisaje montañoso, sintió la súbita acometida de un horror indescriptible e inexplicable. "¡Mira, amigo, mira! --le dijo a Cavaceppi-- ¡Qué paisaje tan terrible y aterrador!"

Desde luego, nada encajaba peor con el ideal de belleza armónica del neoclásico Winckelmann que la naturaleza brutal del paisaje alpino que nosotros hemos aprendido a amar a través de los románticos.

Alpes
La visión de la "fealdad" de los Alpes no hizo sino confirmarle a Winckelmann sus reticencias y malos presagios, así que le dijo a su acompañante:

¡Torniamo subito! ¡Torniamo a Roma!
Pero al bueno de Cavaceppi se le había acabado la paciencia, así que se fue a Alemania por su cuenta y permitió que Winckelmann emprendiera el viaje de regreso en solitario y sin protección alguna. Así es como Winckelmann llegó a Trieste, donde esperaba poder seguir camino a través de Venecia hasta su adorada Roma.

Nada más llegar a la ciudad Winckelmann trabó amistad con un cocinero irónicamente llamado Arcangeli. Supuestamente con el fin de hacerse con unas medallas de oro, Arcangeli entró unos días después en la habitación de la Locanda Grande en la que se alojaba nuestro hombre, le pasó una soga por el cuello y, ante la feroz resistencia de su víctima, trató de rematarlo asestándole varias puñaladas. Winckelmann pereció desangrado, pero Arcangeli fue detenido y condenado unos días después a morir dislocado en la rueda, justo delante de la posada en la que cometió su crimen.

suplicio de la rueda
En las actas de su interrogatorio, el asesino alegó en su defensa que creyó que su víctima (que debido a sus dichosas premoniciones viajaba de riguroso incógnito y no le desveló a su nuevo amigo su célebre identidad) era un espía, probablemente “un judío o un luterano”, y que lo había encontrado sospechoso porque había visto sobre su escritorio un libro escrito en unos caracteres ininteligibles que le parecieron un lenguaje cifrado:

Digo la verdad cuando afirmo que yo no sabía quién era aquel hombre; que yo no busqué su amistad, sino que él buscó la mía, al igual que también me contó esas cosas sobre las que ya he prestado testimonio, como que había visitado a la emperatriz, con ese traje miserable que llevaba y esos pantalones de cuero. A decir verdad, yo creí entonces que se trataba de algún judío o luterano, y esa sospecha creció en mí después de haber visto sobre su mesa aquel libro que yo no podía leer. [...] Todo eso confirmó cada vez más mi convicción de que debía ser algún luterano, judío o espía, o sea, una persona de poca monta.
El ominoso libro era una edición de la Odisea de Homero; y la extraña lengua que Arcangeli no supo leer ni reconocer siquiera, era, como no podía ser de otro modo, griego.

Como los padres de Edipo con el oráculo, Winckelmann no supo comprender lo que realmente le estaban diciendo las oscuras premoniciones que lo perseguían desde hacía meses. Era en Trieste, y no en Alemania, donde la muerte lo estaba esperando. Como Edipo, al tratar de escapar de su destino no hizo sino darle cumplimiento.

cenotafio de Winckelmann en Trieste
¿Se acuerdan ahora del profesor Aschenbach de Muerte en Venecia? Thomas Mann lo creó inspirándose en parte en la insólita historia de Winckelmann.