lunes, 28 de febrero de 2011

La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España

En junio de 1941 un muchacho polaco, Karol Radewicz, es detenido por una pareja de la guardia civil en una carretera de Gerona. Camina solo. Tiene dieciséis años.

La guardia civil se ve obligada a interrogarlo por escrito: Karol Radewicz es mudo. Perdió el habla cuando vio morir a sus padres en un bombardeo nazi sobre Polonia en 1939. Desde entonces, desamparado, ha atravesado en solitario toda Europa. En Marsella pasa unos días y empeña los últimos objetos de valor que le quedan. Después sigue caminando. No sabemos cómo, pero de algún modo logra superar el último gran obstáculo, los Pirineos, antes de ser arrestado. Su esperanza era reunirse en Portugal con unos parientes suyos, de los que ni siquiera conoce la dirección.

Como es menor de edad, el gobernador civil de Gerona decide ingresarlo en el hospicio de esta ciudad.

Patio del Hospicio de Gerona
Allí permanece durante días, sin conocer la lengua de los demás niños ni poder hablar con ellos. Los domingos es día de visitas. Los hijos de los demás refugiados pueden ir a ver a sus madres a la cárcel. Pero él se queda atrás, esperando en silencio con los otros huérfanos. Piensa mucho en la muerte.

Unos días después arranca la mitad de una cuartilla de papel y le escribe a lápiz al director del orfanato. Le pide permiso para morir. Todavía tiene la letra de un niño.
No puedo quedarme aquí porque para mí el mundo ha terminado. Me doy cuenta de que no puedo ir a Portugal ni regresar a Francia. No querría matarme en esta casa porque eso a usted le causaría tristeza.
Estas líneas le son enviadas al gobernador civil de Gerona junto con un informe del hospicio, que con aridez burocrática dice lo siguiente:
He de poner en conocimiento de V.E. que el joven Karol Radewicz, de nacionalidad polaca, ingresado en este Establecimiento por Orden de su Superior Autoridad, viene manifestando desde hace días sus propósitos de suicidarse, por lo que ha sido necesario, dado su estado de excitación, tenerlo sometido a una constante vigilancia para evitar pueda llevar a cabo sus repetidos propósitos. Con fecha de hoy, el citado joven ha dirigido a esta Administración el escrito que me complazco en remitir adjunto a V.E., por lo que he de rogarle se sirva adoptar las medidas que V.E. estime más convenientes, ya que este Establecimiento no cuenta con medios ni personal suficiente para asegurar la permanencia del joven en cuestión ni para evitar que, en un momento dado, pueda llevar a la práctica sus reiteradas intenciones de poner fin a su vida.
Sin saber qué hacer con el muchacho, el gobernador civil se desembaraza de él por el mismo procedimiento por el que lo había encontrado. El 3 de julio de 1941, un mes después de su detención en la carretera, acude al hospicio una pareja de la policía armada. Vienen a buscarlo.

Dos días después, los agentes llevan a Karol a Portbou, donde es "puesto nuevamente en la frontera y obligado a repasarla".

No sabemos qué fue de él. Quizá su cuerpo yazca todavía en la montaña.

[Encontrarán un relato más extenso de ésta y otras historias reales en mi último libro, recién publicado: La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España. Editorial Papel de Liar / Península.
Iré anunciando las diversas presentaciones públicas de este libro en mi página de Facebook.]