Este es el pan de la España de Franco, el que guardamos en nuestros graneros para compartirlo el día de la liberación con nuestros hermanos cautivos.
En la película aparece la respuesta republicana en forma de transmisión radiofónica:
Atención, madrileños! para acabar con nuestra moral de heroica resistencia, aviones rebeldes han comenzado a arrojar sobre la población panecillos envueltos en insultante propaganda fascista. No comáis ese pan envenenado, el pan que llegue a vuestras manos debéis entregarlo en la comisaría más próxima o en vuestro sindicato, ése pan que nos tira Franco como si fuésemos perros.
Me llamó mucho la atención este grotesco vaivén propagandístico a costa del hambre de la población, y debo admitir que en un principio lo consideré una ingeniosa invención del guionista.

Y así fue hasta que recientemente, en un archivo de Berlín, encontré una curiosa carta. Data del 20 de octubre de 1938 y va dirigida al ministro nazi de propaganda, Josef Goebbels. La firma un tal Kröger, hombre de confianza de la embajada alemana que entonces estaba establecida todavía, por razones obvias, en Salamanca. Dice así:
Ref.: Propaganda enemiga
A fin de ganarse a la población hambrienta de los territorios rojos para la Causa Nacional, últimamente los aviadores franquistas han lanzado cientos de miles de panes sobre Madrid, Alicante y Barcelona. Los panes, envueltos individualmente en bolsas de papel, fueron lanzados en sacos atados a paracaídas. Las bolsas están decoradas con los colores de la España nacional y llevan la leyenda:
Y aunque los gobernantes rojos anunciaron enseguida que estos panes estaban envenenados y no se podían comer, como es natural la población residente en la zona roja se lo ha comido con mucha alegría. Un desertor del frente de Madrid me dijo hace poco que ese anuncio radiofónico se debía únicamente a que los líderes rojos quieren todo ese pan para ellos.
En su momento informaré si este tipo de propaganda tiene continuidad. Con la presente adjunto una de las bolsas.
Ideológicamente, al menos, sí que lo estaban.
Ah, y lo más importante de todo: la victoria tampoco trajo el pan que había prometido.